Como una piedra rodante


Como una piedra rodante

Por Francisco Sánchez Rodríguez[1]

Para mi Claudia Ma. Hélen, con todo mi amor.

Que este año, que ya casi concluye, el Comité Nobel de la Academia Sueca haya decidido otorgar su prestigiado galardón literario al compositor y cantante estadounidense Bob Dylan (Robert Allen Zimmerman, Duluth, Minnesota, Estados Unidos, 24 de mayo de 1941), no me sorprende. A mi juicio, es un acierto que reivindica a quienes otorgan dicho premio consigo mismos y con las causas que reconocen.

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Controversial, como siempre, la designación del ganador del Nobel de Literatura ha llamado la atención, también como siempre, de los doctos exquisitos, los puristas de las letras, para quienes el reconocimiento a Dylan es inmerecido, pues a su entender existían otros escritores con más merecimientos. Efectivamente, otros grandes autores, como  Philip Roth, Don DeLillo y el novelista japonés Haruki Murakami, han quedado esta vez en el camino. De hecho, la casa de apuestas británica Ladbrokes  había asignado al novelista y dramaturgo keniano Ngugi wa Thiong’o como el que tenía las más altas probabilidades para ganar este año, seguido por Murakami y el poeta sirio Ali Ahmad Said Esber, mejor conocido como Adonis. Sin embargo el reconocimiento ha recaído en Bob Dylan.

Refutar sus merecimientos con argumentos baladíes como aquellos que citan que el Nobel nunca lo recibió Tolstói, Ibsen o Borges, suena a despropósito, y no recurriremos aquí al lugar común de citar casos de escritores que sí lo recibieron y no estaban a la altura del hoy ganador. En gustos se rompen géneros y éste es el caso.

La polémica es justa, necesaria y acaso divertida. Y habrá de continuar, al menos hasta que se otorgue el premio del próximo año.

En lo personal, creo que Dylan realmente enaltece al galardón, pues su trabajo como compositor y artista es, como escribió Bill Wyman, bajista de los Rolling Stones, en el New York Times (2013), “una apuesta contra lo convencional, carece de los juicios morales fáciles, el discurso pop o las frecuentes concesiones a la audiencia. Su lirismo es exquisito; sus preocupaciones y temas son atemporales; y pocos poetas de cualquier época han tenido una influencia tan universal con su trabajo”.

¿Por qué es justo el premio para Dylan? Porque en su poesía, hecha canción, está inmerso ese valor artístico y literario que, como decía Gabriel García Márquez, está destinado a cambiar al mundo. Ni duda hay que Dylan ha influido desde hace más de 50 años en la forma de asimilar los grandes cambios sociales de varias generaciones, ha dado voz a los mismos y nos ha enseñado a experimentar nuevas formas de comprender nuestro entorno. Amén de haber sido también un instigador en la génesis de  dichos cambios.

Dylan ha influido en la obra de otros grandes artistas, muchos grandes poetas y literatos, que sería ocioso citar aquí, pero también en las visiones de muchos seres anónimos, personas de a pie que en la poesía contenida en sus canciones, en sus proclamas, han logrado asimilar su propio entorno, vale decir su particular destino. Dylan es un maestro que no pretende serlo, un guía no autoconstruido, un referente necesario para entender la cultura occidental en la segunda mitad del siglo XX y los primeros años de esta centuria. Lo es porque su práctica poética es genuina, sin poses ni falsas pretensiones; el tipo ha sido un contestatario, un visionario que ha sabido acompañarse no sólo de sus botas y su guitarra, sino de su convicción de que la belleza, el drama, el dolor y la esperanza pueden encontrar siempre la manera de ser expresadas en rimas y versos, en palabras llanas y lenguajes simples, al alcance del hombre que viaja en el subterráneo triste cada mañana, la hermosa chica de las praderas, los vagos de los callejones, los doctores en filosofía, los hombres del poder y, claro que sí, los que soñamos con mundos diferentes a los que nos ha tocado vivir.

Si la poesía es una forma atemporal de tender puentes entre los seres humanos, de establecer alianzas más allá de la raza y las institucionalidades conocidas, Dylan ha sido un digno depositario de tales designios. Me alegra saber que el poeta que deslumbró al adolescente que fui un día con su canción “Como una piedra que rueda”, que el cantor de “La respuesta está en el viento”, que el hombre en cuyas letras alguna vez encontré respuestas a algunas de mis más angustiantes dudas existenciales (igual que con Herman Hesse, John Steinbeck, Ernest Hemingway, por citar algunos), es hoy reconocido.

Felicidades, señor Bob Dylan, el bardo sigue andando con su pandereta, abriendo nuevos caminos, mientras la densa lluvia vaticinada no tarda en caer.

Noviembre 2016

[1] Licenciado y Maestro en Ciencia Política, así como Doctor en Sociología por la FCPyS de la UNAM.

 

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