Medio siglo de Farabeuf


Por Erick Jafeet

Medio siglo de Farabeuf

La escritura fotográfica

 

Nada existe más allá de un instante,

salvo las cosas que retenemos en la memoria.

Sam Savage

 

I

Si la obra de Salvador Elizondo no ha generado cuantía bibliográfica como la de Paz, Fuentes o Rulfo probablemente se deba a que fue, en palabras de Daniel Sada, «sin duda, el autor más inclasificable de la narrativa mexicana» [dicho desde la inclasificabilidad], o a que, según Victor Roura, «es famoso en el ámbito intelectual de México por un solo libro». En la antología que del progreso hace Gabriel Zaid, aparece Blanco [1966], libro menor de Octavio Paz, pero no Farabeuf, como tampoco su autor en Protagonistas de la literatura mexicana, de Emanuel Carballo; lo que no obsta para que su reconocimiento en las letras nacionales esté a la altura del homenaje, la reedición y el nuevo comentarismo de su obra, sobre todo ahora que Farabeuf cumple medio siglo.

Pero, ¿cuáles son las valías de ésta portentosa obra que la hace notable? A fe de éste lector, quizá la más atrayente de entre otras que pretende comentar, la escritura fotográfica.

 

farabeuf

Existen escritores de lo enigmático, como Kafka o Poe; escritores, digamos, de la lectura, como Manguel o Piglia. Cada uno caracteriza con maestría sus obsesiones, sus pasiones o intereses. La de Salvador Elizondo es literatura de la mirada memoriosa, ejercida con precisión quirúrgica. De ahí que elija a la fotografía para someter a escrutinio sus propios procedimientos lingüísticos. Referir  impresiones literarias a los escritos de Elizondo debe tomarse literalmente: imprimió su mirada. Su exhortación al recuerdo, ejercicio de voluntad por enmarcar el instante, devino estilo orgánico: la vista capta, la escritura captura, imprime. El proceso de recordar lo materializa en escritura del modo mismo que el revelado fotográfico; entonces compara y reafirma:

Es curioso comprobar cómo el afán por recordar es más potente y más sensible que el nitrato de plata extendido cuidadosamente sobre una placa de vidrio y expuesto durante una fracción de segundo a la luz que penetra a través de una combinación más o menos complicada de prismas.

 

Presénciese la atracción que suscita en Elizondo la técnica fotográfica. Su admiración apropia: predilección por tecnicismos que aplica a su escritura. El epígono se torna maestro y supera a la técnica: mientras la fotografía únicamente expone, el escritor compone e innova detalles. La imagen plasma, copia la realidad; la literatura recrea, penetra con zoom poético en el detalle. La fotografía impresa pierde imaginación: imagen desnuda e inmóvil ante la vista. Elizondo humaniza a la fotografía abstrayéndola del elemento técnico en el que se halla circunscrita y dotándola de plasticidad. Baste leer las tres páginas que describen el hecho fotografiado. Ésta es la táctica: empleo de tecnicismos varios para imprimir con maestría la maestría de la técnica: ¿no es Farabeuf un libro compuesto de lenguajes técnicos: la cirugía, la aritmética, la medicina, la ciencia, la biología? El lenguaje técnico al servicio de la literatura.

Farabeuf, estímulo a la memoria antes que desarrollo de una trama. Texto suspensivo: da la impresión de un constante merodeo, cual curioso mirar. Desafío a la memoria: unos cuantos hechos, escasos personajes como escasos los objetos, los escenarios, no obstante opulencia del lenguaje que les describe, retrata. Por momentos onírico, de inasibilidad. Elegancia en el acto de ver. Esta es otra valía de Farabeuf: la vista sin morbo, sin vulgaridad. Baste leer su Grafógrafo para reconocerlo como nuestro elegante de la vista, de mirada anagrámica. Quién si no él iba a escribir una fotografía.

Encripta un instante con el lenguaje literario desde la imagen. Dada la adaptación al cine de grandes novelas, la excepcionalidad de Farabeuf la constituye la adaptación de una fotografía a la literatura. Y resulta célebre su travesía: casi por antonomasia el filme queda insuficiente frente a la obra literaria, mientras que la imagen que se examina en Farabeuf es superada por la pluma exacta, de extraordinaria riqueza imaginativa y dotada del apetito de la curiosidad.

Es el gran intento por traslucir desde la escritura una provocación: vemos desde el lenguaje y la memoria, no desde la vista. Ésta, con su estatismo visual en detrimento de la invención y la reconstrucción que el lenguaje permite, permanece sólo como estampa. La fotografía es una materia sofisticada que no pone a prueba el olvido, sino lo almacena. El recuerdo no está en un álbum fotográfico, sino en la memoria, a cuya sola evocación basta para traer el objeto memorable. Elizondo se ha detenido a mirar. Fijamente. Kundera dice que «el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria».

La complejidad, el élan elizondiano.

Ya desde el primer párrafo exhorta a rememorar, apelando al sensorio auditivo: el tintineo de unas monedas al caer, aunando la probabilidad y la estadística, lo complejo. Luego la analogía entre el hexagrama chino y la ouija occidental como métodos de adivinación. Elementos de observación. Una alusión suspensiva, una persecución contenida pues persigue la contemplación de un hecho fotografiado, a fin de ilustrar con extrema meticulosidad una franja de luz, el destello en un gesto, el reflejo de una posición… El segundo párrafo enseña el trazo de una pluma cuyo filo seccionara una imagen para percibir multiforme su realidad contenida, cooptada por el pasmo y el azoro. Tercer párrafo, autor cosmopolita, de prosa poética, un diletante que experimenta deseando, como Virgilio, la perfección de reunir todos los vértices, polos, hemisferios, en un absoluto. Narrado. Descrito. Recreado. El ojo que indaga la fotografía. Sentenciando cierta mirada fílmica como el ocaso de la contemplación. El detalle llevado al paroxismo versus la mirada esquiva y huidiza que consume imágenes de modo vertiginoso sin incorporarlas al discernimiento. El clímax: la maestría de la lengua es desplegada en el momento de describir el acontecimiento fotografiado de modo semejante al que lo haría un testigo o el mismo ejecutor. A la hora del amor, pasada la mitad del libro, la prosa se vuelca cadenciosa hacia un sutil erotismo. El lenguaje no es más fotográfico, sino elíptico, cargado de deseo y evocación.

Lo visto ha de ser reconocido. Para el autor el acto de ver equivale a memorar. Penetra con denodado escrúpulo la imagen: goce del detenimiento; un voyerismo concupiscente. Mirar es el acto más usado y osado. Ésta es la forma que apremia Elizondo: mirar hasta desmembrar, y reconstruir, mediante la escritura, la imagen. La fotografía que ha desarticulado Elizondo nunca más fue la misma.

El que mira halla, el que observa siente. No hay mayor afrodisíaco que mirar, como no proviene mayor deseo que de la vista. El que ve desea tocar, poseer, probar. Y Elizondo fue más allá: hizo del ver arte.

«Lo que está a punto de olvidarse es que se ha convertido la realidad en realidad virtual». Esto que sentencia José Antonio Marina es aquello que Elizondo pretendía eludir: el olvido, mostrar que lo virtual de la fotografía no constituía un riesgo siempre y cuando la memoria también lo fotografiara. Intuyendo el apuro, desmembró el contenido de la fotografía como si del mismo desmembramiento de la materia y la novedad fotográficas se tratara. Ante éstas Elizondo se lavó la vista y apostó por la mirada escrutadora, crítica, que desnuda el contenido fotográfico para capturarlo en su imaginario permanente. Para Aristóteles «la memoria es el escriba del alma». Para Elizondo es escritura.

¿Qué es una fotografía? Un instante aquietado. Algo que suponemos digno del recuerdo y ajeno al olvido; para Farabeuf, la forma estática de la inmortalidad. Por ello dice que sólo la quietud no admite dudas. Entonces, el empleo del lenguaje del tiempo: “detenido”, “momento”, “inmovilidad”, “instante”, “quietud”, aquello que puede ser contemplado. «Hay que ayudar a la memoria», se lee en Farabeuf. Insistente evento de recordación. Quizá porque En efecto, existe algo más tenaz que la memoria: el olvido. Es probablemente porque convivimos con el olvido, la pretensión de buscar una forma de contrarrestarle.

 

II

Referir mentalmente imágenes, es la virtud de Elizondo, que operando la maquinaria de la recordación exhibe el esfuerzo por mantener vivo, en contención, el suceso, el objeto, la imagen. A base de ver ininterrumpidamente es como se captura la imagen a recordar; se logra la intensidad de evocación al fotografiar con la memoria. Oscilar constante de la palabra recordar que se transpone al acto de memorizar. A menudo pide concentración, pide no olvidar, pide recordar. De tal solicitud extrae remembranzas de la voluntad. La constatación de la imagen en el acto del recuerdo: la manera de que haya respuesta a la pregunta. Circularidad: inicia y culmina con la interrogante: ¿recuerdas?

Farabeuf es también la obsesión por el ser, planteada de diversos modos y postulada fantástica, literariamente. La obsesión del espejo, cuyo símbolo pareciera develado sin misterios: lo real; desde allí reflejado el mecanismo de observación del autor, gustoso de presenciar desdoblado al ser en su imagen reflejada. Un dandismo de juego y erotismo en su obsesión por los espejos, como si al verse reflejado se mirase fotografiado. Es muy ostensible esta sensación en su texto El escriba. Y en Farabeuf se lee: ¿Concibe que sería más su muerte si al morir se viera reflejada en un espejo?

De acción lenta que repasa una y otra vez lo sucedido, cuestionándolo, y volviendo a él con duplicado asombro. Difícil libro para el lector avezado a secuencias sólidas. Este ejercicio de sujeción mantiene estupefacta la lectura reavivando los hechos cual maquinaria operante de la memoria: Un sopor hipnótico nos iba invadiendo mientras veíamos esa visión tenebrosa y bellísima sin saber qué decir.

En el hastío, el tedio, la mirada aguda. No el vértigo de las emociones, ni la ráfaga de sucesos, sino la concentración en el recuerdo, en la imagen, en lo sucedido: Se pierde en el olvido como ese mar que sólo por estar hecho de olvido puede ser recordado.

La utopía de lo imposible, el ideal de la absoluta memorabilidad: Es preciso recordarlo todo, absolutamente todo, sin omitir absolutamente nada, pues todo puede tener una importancia capital. Y: No te distraigas. Debes concentrar todo tu pensamiento. Sin una gran concentración mental es imposible obtener un resultado satisfactorio.

Trazado con fino pensamiento, de inusitada discreción y cálida intimidad, Farabeuf es un libro a la manera de El castillo kafkiano: se lee y relee sin saber bien a bien la sucesión de los acontecimientos.

Elizondo apela mediante la repetición a la grabación fiel del evento: Llueve y se repite algo como ahora. Llueve y se repite, se repite y llueve, y se repite y llueve afuera algo, como ahora que llueve y algo se repite, se repite, se repite. Una operación tautológica que no admite olvido, y que en su afirmación reiterativa halla impresión fidedigna.

Si no se recuerda es que se ha olvidado, pero si se recuerda cabe aun la confusión, alerta Farabeuf, como si la recordación pudiera ser errada. ¿Qué y cómo recordamos? Mediante oxímoron funde el recuerdo y el olvido, transgrediendo una operación hasta entonces ordinaria: Fíjate bien, son cosas que de tan ciertas pueden ser olvidadas.

No sólo es Farabeuf el libro sobre el instante y el esfuerzo por fijarlo en la memoria más allá de la posibilidad materia fotográfica, sino el de un arte consistido en penetrar la imagen, deconstruirla y recrearla. La foto es el pre-texto: la mente como imperante en la capacidad descriptiva, por la plusvalía de la lengua, que lo estático de la imagen, por impactante que ella sea. Por esto Elizondo optó por ese suceso cruento, sanguinario, de un contexto social perturbador como lo es el suplicio por desmembramiento. Elizondo no se ocupa en advertir inocencia o moralidad en el acto fotografiado, ni siquiera alude pormenores significativos, sino se encalla en la narración de la imagen que ha elegido para urdir con pericia su plan de sentenciar como hegemónica a la palabra por sobre la imagen. Farabeuf, crítica hacia la facilidad con que decodificamos lo visual. Impensable que los apologistas de la cultura visual escatimen en comentarismos al respecto, pero baste leer ese momento cumbre del libro para detonar en nuestra consciencia la notoriedad que como arte expresivo posee la palabra. Elizondo dilucidó, ante el gran acontecimiento que ha sido la fotografía, sobre la grandeza del arte narrativo. Desde la literatura y no desde el cine, del que fue gran animador.

Un moribundo es un hombre en el acto de morir y el acto de morir es un acto que dura un instante. Es decir, que la muerte es una imagen, una fotografía, un recuerdo. El justo instante del morir. El momento de presionar el obturador. En la muerte se puede recordar.

Cuando acaba de acontecer un estado climático enseguida se presenta, con genialidad propia de quien penetra la realidad, la resquebraja y la recrea, un nuevo azoro: antes el misterio, luego la narración milimétrica, enseguida la simetría, hasta el paroxismo del final que, aunque semeja  a la muerte, no hace sino revelarnos el sentido de la vida: el arte de ver.

Texto geometra, de extrema curiosidad. Experimento visual de orden verbal. Metáfora lograda en la utilización de elementos quirúrgicos a la par de la prosa escrupulosa: No faltarán sino unos minutos para que tu cuerpo se recubra de esas estrías lentas que la sangre traza, por gravedad, en las comisuras del cuerpo después de que el bisturí recorre la piel como una caricia apenas perceptible, pero inequívoca en el florecimiento de las vísceras que brotan a través de las incisiones como los retoños de una primavera tenebrosa.

Todo Farabeuf es la constatación de la mirada fotográfica y del recuerdo precisado traído a línea, cual imagen, a cada tanto. De las coordenadas esféricas, a los husos boreales, australes, pasando por momentos de estridencia religiosa.

Uno de los principios fundamentales de la cirugía -como de la fotografía- es la desnudez. Con esto Elizondo revela sus procedimientos: abstrae de una técnica el método y lo aplica en otra materia. Es decir, que de la imagen, extrae los detalles y los utiliza en la literatura con sus propios procedimientos retóricos e imaginativos. Alquimia literaria. Con una cuchilla suficientemente bien afilada se puede cortar en dos, inclusive, otra cuchilla. Obsequioso de ofrecer sus visiones de partida para el constructo de su tejido literario: El filo de la cuchilla hace la grandeza del cirujano. Llama la atención que nuestro autor no deje lugar para explicarse, para revelar sus procedimientos literarios y hasta sentencie, a manera de epitafio hacia su lectura, esta declaración: El poeta, o es un hombre que se enfrenta a la eternidad momentáneamente, en cuyo caso vive o concreta, mediante el lenguaje, imágenes o sensaciones, o bien eterniza el instante viviendo las imágenes o las sensaciones en el lenguaje, un lenguaje que por ser el hecho mismo de la creación y la creación misma de su personalidad, es el cumplimiento de una aspiración de máxima universalidad. Éste ha sido, en términos de ideas estéticas, el proceso que yo mismo he seguido o intentado seguir en mi obra.

Abstracto el pensamiento de Elizondo como abstracta su escritura. Es decir: su mirada. La literatura es la posibilidad calidoscópica de abstraer los temas de relevancia, como el recuerdo, el misterio de la muerte y del amor, del tiempo y del espacio, y hacerlo mediante una escritura fotográfica: Al final de cuentas, como escritor, me he convertido en fotógrafo.

Esa su trascendencia: la rebeldía ante lo moderno, su desconfianza ante la tecnología. El antimoderno Elizondo nos mostró, digan lo que digan, que el hombre es mejor que la máquina.

 

Génesis de Farabeuf

Sólo se es verdaderamente un escritor cuando

se ha sido poseído por la deuda de otro escritor.

Salvador Elizondo

 

Gran lector de Bataille y de Valéry, podemos intuirles como precursores de Farabeuf. Probablemente también aquello de inclasificable provenga del Monsieur Teste, donde se advierten fórmulas literarias ejercidas en la obra elizondiana, y muy marcadamente en Farabeuf: éste es a Elizondo, lo que Monsieur Teste es a Valéry.

Instructivo y ejecutivo el modus operandi.

Toda gran obra prospecta la potenciación del lenguaje. No es menor la admiración que ostentaba Elizondo por la obra de Joyce, quien dedicó años en la construcción del Ulises o del Finnegans wake, altas composiciones lingüísticas. Tampoco casual que ostente la traducción de M. Teste. Aquí cabe incluir una advertencia y un enigmático impulso de Teste: «No debes olvidarlo porque sólo así será posible llegar a tocar el misterio de aquellos acontecimientos singulares». Profunda instrucción que pretende instalar en Farabeuf en modo ejemplar: Un ser inolvidable que todo lo que toca lo vuelve inolvidable y que se cuela, de tan inolvidable, en la memoria y en los recuerdos de quienes nunca lo hubieron conocido.

De Teste extrae su ideal: “lo imposible real”, que devendrán fórmulas:

Me aquejaba el mal agudo de la precisión.

Firme en mi deseo infinito de claridad.

  1. Teste nació un día de un recuerdo reciente.

¿Por qué es imposible M. Teste? Esta pregunta es justamente su alma.

Gimnasia intelectual sin parangón, se registra en Teste.

El delicado arte de durar.

Velaba por la repetición de ciertas ideas.

Aumentar la duración del pensamiento. Perseguir la sensación de esfuerzo.

El modus operandi de novelar, resuelto con una prosa intelectiva, consciente que se hace en su ideal y se rehace en su leerse escribir, es un procedimiento del que se vale Elizondo para crear su reflejo valeriano: narrador sin nombre que se muestra obnubilado  por el personaje que describe. Elizondo se compromete por admiración con la idealización de Valéry y decide ser M. Teste. Éste es el autor de Farabeuf.

-Su memoria me dio mucho que pensar -¿No es esto lo que se persigue incesantemente en Farabeuf, la febril intención por recordar, por mantener en la memoria?-. En él no era una facultad excesiva; era una facultad educada o transformada.

La representación del ideal de Valéry, que es por antonomasia la misma que persigue la mayoría de los escritores, la creación de un personaje que nos rebasa o nos caricaturiza [Don Quijano, Bartleby, Wakefield, K].

A dos voces, Farabeuf narra una única visión: la experiencia y su recuerdo, el esfuerzo por no olvidarle, la memoria puesta en esplendor. La voz femenina en Teste se reproduce en Farabeuf. En ellos, el regocijo de ser narrado, descrito, por la otredad.

Desde la inclasificabilidad, Daniel Sada tiene estas percepciones sobre la obra elizondiana: Una amplia gama de procedimientos. -Tendencia a darle amplitud a las percepciones es quizá la verdad escondida. -Convicción de que las aficiones ocultas, así como el sueño, la memoria, la crueldad, el éxtasis y la fantasía eran superiores al mundo exterior. -Su ficción tiene como asidero la mente y la memoria, además de que el autor se esmera por apretar los textos hasta hacer de la austeridad el estigma supremo de economía expresiva. -Para valorar toda la fuerza que proyecta la obra de Salvador Elizondo es menester dilucidar, por principio de cuentas, que se trata de un artificio.

Su mirada fotográfica lo prueba.

Curioso de la tecnología, de la técnica, inventó, luego en Camera lucida, aquella con la que el escritor podía ver al lector, cronostatoscopio, anapoyetrón…

Inusitadas ideas, conceptualización excéntrica que potencia al lenguaje como creador de mundos. Y como el ideal elizondiano de arte absoluto era el arte imposible, de allí la complejidad, por ello los críticos prefieren escribir sobre Fuentes…

Ya en Farabeuf, en Log, o en el inicio de Narda o el verano, se ilustra su obstinación por la imagen de la playa. Incluso así se intitula el primer texto de este último libro.

A la sazón, Elizondo pretende con Farabeuf penetrar en la historia de los grandes libros, en la ciencia de la creación literaria. Teniendo eximios modelos, sujetándose a ideales imposibles e incesante concentración y evocación, lo consigue. Farabeuf es un libro de imprescindible relectura, sobre todo hoy, que cumple medio siglo y su actualidad viene a subyugar la gran tara de la época: la falta de memoria.

Bienaventuranza para estos cincuenta años de Farabeuf. ¡No le olvidemos!

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